Ella Comía Sobras a Escondidas… Sin Saber Que El Dueño La Estaba Observando…

Se llamaba Marcos. Y aunque todos lo conocían como un inversionista que aparecía una vez al mes, en realidad era el verdadero dueño del restaurante y de otros tres locales en la ciudad. Esa noche había decidido observar sin avisar. Quería ver qué pasaba cuando su nombre no estaba en la puerta. ¿Así trata siempre al personal? preguntó Marcos en voz baja mientras Sergio le explicaba los números del mes. Ya sabe cómo es esto, Marcos, respondió el gerente con una sonrisa servil.

Si uno afloja, se nos suben a la chepa. Esta chica, por ejemplo, siempre está distraída. Si no la aprieto, se me queda hablando con los clientes como si esto fuera un bar de barrio. Marcos no respondió. Sus ojos, cansados bajaron del cristal al salón casi vacío. Vio a Lucía recogiendo platos, moviéndose despacio, pero con precisión, alineando sillas, dejándolos cubiertos en orden perfecto. Había algo en su forma de trabajar, en su espalda encorbada, pero firme, que no encajaba con la descripción del gerente.

Cuando por fin Sergio salió de la oficina para hacer una llamada, Marco se quedó solo con la luz tenue y el murmullo lejano de la lluvia como único sonido. Podía irse. Podía asumir que todo estaba bien, que los números cuadraban, que el gerente era eficiente, pero algo lo mantuvo allí un poco más, pegado al cristal. Abajo, Lucía se acercó a la bandeja con las obras. Miró hacia la puerta, hacia las escaleras, hacia todas partes. No vio a nadie.