El silencio del restaurante la envolvió. Entonces, con manos temblorosas, tomó el plato con el medio filete y el puré. Lo acercó a la barra, miró otra vez hacia el pasillo y comió una pequeña cucharada, cerrando los ojos como si fuera un pecado. El sabor salado, la carne jugosa y tibia le llenaron la boca. sintió vergüenza y alivio al mismo tiempo. No estaba robando dinero, no estaba llevando la caja, solo estaba evitando que esa comida acabara en una bolsa y en un contenedor frío.
“Solo un poco”, susurró. “Lo demás me lo llevo para casa.” Se quitó la mochila del respaldo de una silla, la abrió y sacó un tuper de plástico rallado por el uso. Con cuidado empezó a pasar el puré y los trozos de carne al recipiente. Cada pedazo era una cena para su familia, una noche menos de pasar hambre. Desde arriba, Marcos la observaba. Vio la forma en que ella miraba la comida, no con avaricia, sino con una mezcla de culpa y desesperación.
vio la mochila gastada, las manos rojas de tanto jabón y agua caliente y sintió algo en el pecho, una punzada que no tenía nada que ver con los números del restaurante. En ese mismo instante, una puerta se abrió con brusquedad. ¿Se puede saber qué estás haciendo? La voz de Sergio cortó el aire como un cuchillo. Sus pasos rápidos resonaron en el piso de madera, acercándose a ella. Lucía se quedó paralizada. El tupera medio cerrar, las manos manchadas de puré.