Pensaba en el estómago vacío de su hermano pequeño y de su madre allá en el piso diminuto de Vallecas. Eran casi las 12 y el último cliente acababa de marcharse. Las luces del salón se atenuaron, quedando solo el reflejo amarillento sobre las mesas. En una esquina, una bandeja con sobras, medio filete, algo de puré de patata, un trozo de pan aún caliente. Sergio había dicho, “Como siempre, eso va a la basura. Aquí no damos comida gratis, ni a clientes ni a empleados.” La imagen es lo primero.
Lucía tragó saliva. La basura olía mejor que cualquier cosa que hubiera comido esa semana. Recordó el mensaje de su madre unas horas antes. Hoy solo hice sopa de agua con arroz. No te preocupes, hija. Ya vendrán tiempos mejores. Y supo que no podía dejar que esa comida terminara en una bolsa negra. Esperó. Apagaron el letrero de la entrada, cerraron la puerta con llave. Los cocineros se fueron despidiendo uno a uno con chistes cansados. Sergio daba vueltas con su tablet, revisando ventas, moviendo los dedos por la pantalla como si él mismo hubiera cocinado cada plato.
Lucía, limpia bien las mesas del fondo. Mañana viene un grupo grande, ordenó sin siquiera preguntarle si ya había cenado. Sí, Sergio respondió ella con la voz baja. Pasaron 15 minutos. Sergio subió a la oficina del segundo piso, donde siempre se quedaba cerrando caja. Desde allí, detrás de un cristal oscuro, todo el comedor parecía pequeño, como una maqueta. Lo que Lucía no sabía era que esa noche, en esa misma oficina no estaba solo Sergio. En una butaca discreta se sentaba un hombre de unos cuarent y tantos, con barba cuidada y una chaqueta sencilla, casi demasiado sencilla para alguien de su posición.