La puerta lateral se cerró.
Clara escuchó un golpe seco.
Un grito.
Algo cayendo.
La enfermera la arrastró por el pasillo.
—¡Muévase!
Corrieron.
Bueno, la enfermera corrió.
Clara sobrevivió cada paso.
Llegaron al neonatología vacío, cruzaron otra puerta, luego una escalera de servicio.
Desde arriba bajaban dos camilleros que al ver la sangre en la bata de Clara se quedaron inmóviles.
—¡Ayuden! —gritó la enfermera—. ¡Llamen a seguridad atrás del pabellón!
Bajaron dos pisos.
En el primer descanso se oyó una alarma.
Después otra.
Luego disparos de metal contra metal.
Puertas cerrándose.
Clara apenas podía sostenerse.
En el último tramo la enfermera le arrancó la pulsera hospitalaria del brazo.
—¿Qué hace?
—Si lo pierde a usted de vista, buscará por nombre.
Salieron a una zona de lavandería que daba al estacionamiento de ambulancias.
El aire frío le quemó los pulmones.
Allí había dos guardias y un chofer fumando junto a una unidad.
La enfermera gritó instrucciones.
Todo se volvió rápido.
Puertas abriéndose.
Un guardia tomando radio.
Otro ayudando a Clara a subir.
Y entonces, antes de que cerraran, una sombra apareció en el umbral del edificio.
Emilio.
Sin flores.
Sin gesto amable.
Con la bata de Ricardo manchada en la manga.
Clara soltó un gemido.
—¡Arranquen! —gritó la enfermera.