Ella acudió al hospital para dar a luz, pero el médico rompió a llorar al ver al bebé

La ambulancia encendió.

Emilio echó a correr.

Durante un segundo terrible pareció que iba a alcanzarlos.

Golpeó la puerta trasera con la palma.

Tan fuerte que el metal vibró junto a la cabeza de Clara.

El bebé lloró con toda su fuerza.

La ambulancia salió disparada del hospital.

Clara abrazó al niño y se hizo bolita sobre la camilla mientras el chofer tomaba la avenida a toda velocidad.

—¿A dónde vamos? —preguntó, temblando.

La enfermera, jadeando, contestó:

—A una clínica privada que no aparece en el sistema.

Clara cerró los ojos.

—¿Y el doctor?

La mujer no dijo nada.

Ese silencio respondió por ella.

Clara empezó a llorar sin ruido.

No por Emilio.

No por ella.

Por aquel hombre viejo que acababa de ponerse entre su hijo y su propio monstruo.

Pasaron cuarenta minutos.

O quizá cuatro siglos.

En la clínica las recibieron por una entrada lateral.

Nombre falso.

Habitación sin registro público.