Ella acudió al hospital para dar a luz, pero el médico rompió a llorar al ver al bebé

—No. No me deje sola.

Ricardo se acercó, tomó el rostro de Clara con una ternura rota y miró al bebé.

—Escúchame. Si ese niño salió con vida de tu cuerpo, salió también con una oportunidad que mi familia perdió hace muchos años. No voy a dejar que este apellido lo destruya otra vez.

Los golpes siguieron.

Más fuertes.

El seguro empezó a ceder.

La enfermera ayudó a Clara a bajar de la cama.

Cada paso le dolía como si caminara sobre vidrio.

Tenía sangre entre las piernas.

El pecho ardía.

Los brazos temblaban.

Pero abrazó a su hijo con una fuerza casi salvaje.

Ricardo les abrió una puerta lateral.

Del otro lado había un pasillo estrecho, olor a cloro y luz de emergencia.

Antes de que Clara cruzara, se volvió.

—¿Por qué lo hizo? —preguntó, ahogada—. ¿Por qué su hijo hizo algo así?

Ricardo la miró por última vez.

—Porque yo crié a un hombre acostumbrado a creer que todo lo que deseaba le pertenecía.

La puerta principal estalló.

La madera se abrió de lado.

Una figura apareció entre el marco roto.

Clara no lo vio entero.

Solo los ojos.

Y la sonrisa.

La misma.

Pero ya sin máscara.

Ya sin amor.

Ya sin humanidad.

—No corras, Clara —dijo Emilio, entrando—. Lo único que quiero… es a mi familia.

Ricardo se lanzó contra él.