La frase cayó sobre Clara como agua helada.
Por un segundo, el dolor del parto desapareció.
Solo quedó el terror.
—¿Qué acaba de decir? —susurró.
La enfermera mayor miró al doctor, luego a Clara, luego al bebé.
Nadie respiraba.
El doctor Ricardo Salazar apretó los párpados como si lamentara haber hablado, pero ya era demasiado tarde. La grieta se había abierto.
Clara abrazó a su hijo contra el pecho con instinto feroz.
—No se acerque —dijo, ronca—. No vuelva a decir una cosa así de mi bebé.
El médico levantó lentamente las manos, intentando calmarla.
—No estoy diciendo que tu hijo tenga algo malo. Escúchame bien. El niño está sano.
—Entonces explique por qué está llorando.
La voz de Clara se rompió al final.
No por debilidad.
Por rabia.
Por miedo.
Por esa sensación insoportable de que, justo en el momento más importante de su vida, alguien acababa de ensuciarlo todo.
Ricardo tragó saliva.
Miró a las enfermeras.
—Déjennos solos unos minutos, por favor.
La enfermera mayor dudó.
Clara negó con fuerza.
—No. Nadie sale hasta que me diga qué pasa.
El doctor asintió, derrotado.
Arrastró una silla hasta el lado de la cama y se sentó como si le pesaran cuarenta años encima.
Volvió a mirar al recién nacido.
La media luna canela debajo de la oreja.
La misma.
Exactamente la misma.