Ella acudió al hospital para dar a luz, pero el médico rompió a llorar al ver al bebé

Ricardo tenía los ojos rojos.

—Porque no improvisó. Se metió en la historia de mi hijo hasta los huesos.

Clara respiraba mal.

Muy mal.

La enfermera revisó su pulso.

Ricardo se inclinó hacia ella, con voz firme.

—Clara. Necesito que me escuches. No sabemos todavía toda la verdad. Pero sí sabemos una cosa: tú y tu hijo están en peligro.

Ella levantó la cara de golpe.

—¿Qué?

—Si Tomás desapareció cuando supo del embarazo, fue por una razón. Y si el bebé tiene esa marca…

—¿La marca qué?

Ricardo apretó los labios.

—La marca corre en mi familia. La tenía mi padre. La tuve yo. La tuvo Emilio. Y ahora tu hijo.

Clara entendió en ese instante por qué él había llorado.

No era solo por el parecido con el hijo perdido.

Era porque aquel bebé confirmaba lo impensable.

Aquello era sangre.

Sangre real.

Y si Tomás era quien Clara creía amar, entonces el monstruo no solo había robado una identidad.

También había vuelto para dejar una prueba viva de que seguía existiendo.

La puerta de la habitación se abrió de golpe.

Todos se voltearon.

Una enfermera joven entró pálida, casi sin aire.

—Doctor… preguntaron por la señora Clara Mendoza en recepción.

A Clara se le congeló la médula.

Ricardo se puso de pie en un solo movimiento.

—¿Quién?

La enfermera tragó saliva.

—Un hombre. Dice que es el padre del bebé.

Clara dejó de respirar.

—No…

—Traía flores —añadió la enfermera—. Y dijo que se retrasó porque venía de la carretera.

Ricardo se volvió hacia Clara.

Ella estaba blanca.

Helada.

Deshecha.

—¿Era él? —preguntó el doctor.

Clara intentó hablar, pero no le salió la voz.

Asintió.

Una vez.

Muy despacio.

Ricardo fue hacia la puerta.

—Cierren maternidad. Ahora. Que nadie entre ni salga sin que yo lo autorice.

La enfermera salió corriendo.

Clara sintió que el pulso le explotaba en el cuello.

—No deje que se lo lleve —susurró mirando a su hijo—. Por favor, no deje que toque a mi bebé.

Ricardo la miró como un padre mira a alguien que está a punto de estrellarse.

—No voy a dejarlo.