—¿Y por qué no hizo algo más?
Esa vez el doctor sí agachó la cabeza.
—Porque cometí un error que me destrozó todo.
Tardó unos segundos en seguir.
—Yo tenía un hermano menor. Tomás.
La manera en que pronunció ese nombre hizo que algo en el aire se volviera más frío.
—Tomás siempre vivió a la sombra de todos. Carismático. Inteligente. Mentiroso. Era de esos hombres que entraban sonriendo y salían llevándose algo que no les pertenecía. Dinero. Mujeres. Confianza. Lo cubrí demasiadas veces.
Clara empezó a entender antes de que él lo dijera.
Y por eso dolió más.
—No…
Ricardo cerró los ojos.
—Tomás conocía a Emilio mejor que nadie. Sus gestos. Su voz. Sus firmas. Cuando mi hijo desapareció, él fue el primero en “ayudarme” a buscarlo.
—Dios mío…
—Un año después también desapareció. Sin explicación. Nadie volvió a verlo. Y yo… yo no quise pensar lo que ahora parece obvio.
Clara lo miró con pánico.
—Usted cree que su hermano tomó el nombre de su hijo.
—Ya no es una sospecha. Hace cuatro meses recibí un sobre sin remitente.
Metió otra vez la mano en la bata, sacó una hoja doblada y se la mostró.
Era una copia de un acta de nacimiento alterada.
Nombre: Emilio Salazar.
La foto no era la del joven de la fotografía.
Era la del hombre que había vivido con Clara.
Sintió que el cuarto giraba.
—Lo reconocí de inmediato —dijo Ricardo—. No porque fuera mi hijo. Sino porque tenía la sonrisa de Tomás.
Clara tembló.
No por debilidad física.
Por horror.
Todos los momentos tiernos con él se pudrieron de golpe dentro de su memoria.
Las cenas sencillas.
Las manos en su espalda.
Las promesas sobre el futuro.
La forma en que hablaba con el bebé cuando aún estaba en su vientre.
Todo.
Todo había sido pronunciado por un hombre que llevaba la piel de otro.
—¿Usted me está diciendo que el padre de mi hijo es… su tío?
Ricardo no respondió enseguida.
Y esa demora fue suficiente.
Clara soltó un sonido ahogado.
—No. No. No.
La enfermera dio un paso hacia ella.
—Señora, tranquila, acaba de salir de parto…
—¡No me diga que me tranquilice!
El grito rebotó en las paredes.
El bebé empezó a llorar.
Clara lo apretó contra sí, desesperada, llorando ya sin freno.
—No puede ser. No puede ser. Él me dijo que tenía treinta y dos. Me contó de una infancia en Tepatitlán. Me habló de su madre muerta. Me habló de usted sin decir su nombre. Todo encajaba. Todo.