Un pediatra revisó al bebé.
Sano.
Perfecto.
La palabra volvió a doler.
Horas después, ya de noche, un comandante de la fiscalía llegó para tomar la declaración.
Y con él llegó la noticia.
Ricardo Salazar seguía vivo.
Tenía dos costillas rotas, un brazo lesionado y una herida en la cabeza, pero había sobrevivido.
Y Emilio había escapado antes de que llegara la policía.
Clara sintió alivio y pánico al mismo tiempo.
—Entonces va a volver.
El comandante no la engañó.
—Sí. Probablemente.
También les dijo algo más.
Cuando revisaron la casa donde Clara había vivido con Emilio, encontraron tres credenciales distintas, dos actas de nacimiento con nombres diferentes, fotografías de varios estados del país y una caja metálica enterrada bajo el lavadero.
Dentro había documentos antiguos.
Papeles del verdadero Tomás Salazar.
Y una libreta.
Escrita por Emilio.
Página tras página.
Años enteros.
Seguimientos.
Nombres de mujeres.
Ciudades.
Fechas.
Notas sobre cómo ganarse su confianza.
Cómo imitarlas.
Cómo desaparecer antes de que preguntaran demasiado.
Clara sintió náuseas al oírlo.
—¿Yo no fui la única?