Roberto se quedó, pero se volteó hacia la ventana limpiando las lágrimas que no dejaban de caer. Cuando Juan Gabriel terminó, amor eterno, hubo un silencio sagrado en la habitación que nadie se atrevió a romper durante varios segundos. Finalmente, Rosa abrió los ojos y miró a Juan Gabriel con una expresión de paz que sus padres no habían visto en su rostro durante meses. ¿Puedo pedirte algo?, preguntó Rosa con voz apenas audible. Lo que sea, princesa, respondió Juan Gabriel acercándose más.
Rosa señaló hacia el pequeño reproductor de cassetes en su mesa de noche. Esa grabación de amor eterno que tengo en mi cassete ya está muy gastada de tanto escucharla. ¿Podrías firmar algo para mí para que cuando ya no pueda escuchar la grabación pueda mirar tu firma y recordar que cantaste para mí? Juan Gabriel sintió un nudo en la garganta. Esta niña de 9 años estaba hablando de su propia muerte con una madurez que rompía el corazón. “Claro que sí”, logró decir.
Roberto le pasó un cuaderno de dibujos que Rosa usaba cuando tenía energía. Juan Gabriel escribió para Rosa Morales, la princesa más valiente que he conocido. Nunca olvides que la música vive en tu corazón para siempre. Con todo mi amor, Juan Gabriel. Después de firmar el cuaderno, Juan Gabriel no se levantó para irse. Se quedó sentado junto a la cama de Rosa y comenzó a conversar con ella sobre cosas simples, que otras canciones le gustaban. Si tenía hermanos, ¿qué quería ser cuando fuera grande?