Y entonces… el cielo se desplomó.
No fue una nevada normal. Fue una tormenta blanca, un monstruo rugiente que engulló la sierra en cuestión de 6 horas. El mundo exterior dejó de existir, reemplazado por un muro de hielo, viento y muerte.
En el ejido, el pánico estalló cuando fue demasiado tarde. Las endebles puertas de las casas no soportaban las ráfagas. Las reservas de leña, que la mayoría había vendido o no se había molestado en cortar, se agotaron en los primeros 2 días. Los caminos de terracería quedaron sepultados bajo 2 metros de nieve, cortando cualquier esperanza de escape o rescate.
Mientras el caos y los gritos ahogados se apoderaban del pueblo, a 5 kilómetros de allí, bajo la tierra, una niña de 14 años resistía.
El interior de la noria era oscuro y asfixiante, pero la cueva lateral que había cavado funcionaba. Ximena se había fabricado un nido con capas y capas de hojas secas, ramas de pino y su propio cuerpo. Encendía fuegos minúsculos, del tamaño de 1 puño, alimentándolos con ramitas para no ahogarse con el humo y conservar la poca leña que tenía.
Los días se convirtieron en un tormento psicológico. La oscuridad era casi absoluta. Para no perder la cordura, contaba sus respiraciones y racionaba su comida de forma extrema: 1 puñado de bellotas y 2 tragos de agua de nieve derretida al día.
Había momentos de desesperación absoluta. Noches enteras donde el viento aullaba sobre la boca del pozo como si fuera La Llorona buscando arrastrarla al infierno. El frío se le metía hasta los huesos, causándole temblores incontrolables. El estómago le rugía con un dolor agudo que la hacía doblarse sobre sí misma, llorando en silencio para no gastar energía.
Estuvo a punto de rendirse en la semana 5. El hambre y la fiebre la hacían alucinar con su madre, pidiéndole que cerrara los ojos y descansara de una vez por todas.
Pero la rabia la despertaba. La imagen de su padre arrojándola al polvo frente a todos encendía un fuego en su pecho.
—No les daré el gusto —susurraba con los labios agrietados y sangrantes—. No me voy a morir en este pozo.
El tiempo dejó de medirse en relojes y pasó a medirse en latidos. Fueron 82 días. 82 días enterrada viva.
Hasta que, una mañana, el sonido cambió. El rugido del viento se apagó. En su lugar, escuchó un leve goteo constante. La luz que se filtraba por la abertura del pozo ya no era del blanco cegador y amenazante del hielo, sino un tono dorado y cálido.
Con las piernas temblando por la debilidad extrema y la falta de uso, Ximena comenzó a escalar hacia la superficie. Le tomó casi 1 hora salir.
Cuando asomó la cabeza, el impacto la dejó sin aliento.
El paisaje era irreconocible, pero hermoso. La nieve se estaba derritiendo, formando pequeños riachuelos brillantes. El olor a petricor, a tierra húmeda y vida nueva, inundó sus pulmones. La primavera había reclamado la sierra.
Ximena cayó de rodillas sobre el barro fresco y lloró. Pero esta vez, eran lágrimas de triunfo. Estaba viva.
Aún débil, apoyándose en una rama gruesa como bastón, comenzó a caminar de regreso al ejido. Quería ver la cara de su padre. Quería ver las caras de todos los que se rieron de ella y restregarles en el rostro que la niña “inútil” había sobrevivido a la furia de la naturaleza.
Pero conforme se acercaba a las primeras casas, el triunfo en su pecho se transformó en una inquietud helada.
Faltaba algo. Faltaba el sonido de los perros ladrando. Faltaba el cacareo de las gallinas. Faltaba el humo saliendo de las chimeneas.
El silencio en el pueblo era total, absoluto, sepulcral.