EL PADRE LA ECHÓ A LA CALLE A LOS 14 AÑOS PARA NO COMPARTIR SU COMIDA. LO QUE ELLA ENCONTRÓ EN EL PUEBLO AL LLEGAR LA PRIMAVERA TE DEJARÁ HELADO.

—Vete a barrer tu casa y deja de molestar a los hombres que sí trabajan —le escupió otro.

Pero la peor reacción fue la de su propio padre. Don Hilario, rojo de ira y vergüenza, la tomó fuertemente del brazo frente a las miradas de unos 40 vecinos. La arrastró hasta el centro de la calle de tierra.

—¡Me tienes harto con tus locuras! —rugió, empujándola al suelo con una violencia que le raspó las rodillas—. ¡Si te crees tan lista y tan dueña de la verdad, entonces lárgate! ¡En mi casa no quiero estorbos que me dejen en ridículo!

Ximena se levantó lentamente, con lágrimas de dolor y humillación resbalando por sus mejillas sucias. Miró a su padre, esperando un atisbo de arrepentimiento. No había nada. Solo desprecio puro.

—Entonces… me voy —susurró con la voz quebrada.

Nadie movió 1 dedo. Nadie la defendió. Y mientras la silueta de la niña de 14 años desaparecía en la oscuridad del monte, llevando apenas un pequeño morral de tela, ninguno de ellos podía imaginar el escalofriante infierno que estaba a punto de desatarse sobre sus cabezas…

PARTE 2

El bosque la recibió con una bofetada de viento helado que le cortó la respiración.

Eran las 8 de la noche y la temperatura caía en picada. Ximena sabía que no tenía tiempo para llorar. Las lágrimas se le congelarían en el rostro. Si su instinto, forjado en la dureza de la sierra, no le fallaba, la primera tormenta de nieve caería antes del amanecer.

Necesitaba un escondite. No una cueva cualquiera donde los osos o pumas buscaran refugio, sino algo seguro. Algo invisible.

Caminó durante 3 horas, tropezando con raíces y piedras, hasta llegar a las ruinas de la antigua hacienda, a unos 5 kilómetros del pueblo. Allí, oculto bajo una maraña de maleza y nopales secos, había una vieja noria, un pozo de agua que llevaba más de 50 años seco. Lo había descubierto de niña mientras buscaba leña.

Se acercó al borde de piedra y miró hacia el abismo. No era tan profundo, el tiempo y los derrumbes lo habían rellenado parcialmente, dejando un agujero de unos 4 metros de profundidad.

Pero ofrecía algo invaluable: aislamiento térmico. Las gruesas paredes de piedra volcánica bloqueaban las ráfagas de viento asesino.

—Aquí será —se dijo a sí misma, frotándose los brazos temblorosos—. Aquí voy a vivir.

No había tiempo que perder. Bajó aferrándose a las grietas de la piedra. El fondo estaba lleno de escombros, tierra compacta y huesos de animales pequeños. Sin picos ni palas, Ximena comenzó a cavar con sus propias manos. Usó piedras afiladas, ramas gruesas y pedazos de cerámica rota que encontró en el fondo.

Quería ensanchar un hueco lateral en la pared de tierra del pozo, crear una verdadera cámara subterránea donde pudiera acurrucarse.

El dolor fue inmediato. A las 2 horas, sus uñas estaban destrozadas. La sangre de sus dedos se mezclaba con la tierra rojiza, formando un lodo oscuro. Las ampollas reventaban y la piel se desgarraba, pero el terror a morir congelada era más fuerte que el dolor físico.

Durante 4 días frenéticos, trabajó sin descanso. Por las mañanas, salía a recolectar frenéticamente ramas secas, bellotas, hojas de pino, algunos tubérculos y agua del arroyo que ya empezaba a solidificarse. Por las noches, seguía escarbando su tumba de supervivencia.