EL PADRE LA ECHÓ A LA CALLE A LOS 14 AÑOS PARA NO COMPARTIR SU COMIDA. LO QUE ELLA ENCONTRÓ EN EL PUEBLO AL LLEGAR LA PRIMAVERA TE DEJARÁ HELADO.

Ximena aceleró el paso, con el corazón golpeándole las costillas. Llegó a la calle principal. La nieve derretida revelaba escombros, techos colapsados por el peso del hielo y puertas arrancadas de sus bisagras.

Entró a la tienda de Doña Rosa. El lugar estaba saqueado, las estanterías rotas, y en el suelo, abrazados bajo unas cobijas delgadas, yacían los cuerpos congelados de la anciana y sus 2 nietos.

Salió corriendo, tapándose la boca. Llegó a la plaza. La iglesia tenía las puertas abiertas de par en par. Adentro, decenas de cuerpos acurrucados en los bancos y en el suelo confirmaban la magnitud de la tragedia. Habían buscado refugio juntos, pero sin fuego ni comida, el frío los había cobrado a todos.

No había ni 1 sola persona con vida. El invierno largo y brutal no perdonó la ignorancia.

Con las piernas fallándole, Ximena corrió hacia su propia casa, en las afueras del pueblo. Estaba intacta. Las ventanas estaban tapiadas con tablones gruesos desde adentro. Golpeó la puerta, pero nadie respondió. Usando una piedra grande, rompió la cerradura de madera y entró.

El olor a encierro era nauseabundo. Caminó por el pasillo oscuro hasta llegar a la parte trasera, donde estaba la bodega familiar.

Allí estaba él.

Don Hilario yacía en el suelo, con la piel azulada y los ojos abiertos, fijos en el techo. Estaba congelado, duro como la piedra.

Pero lo que hizo que Ximena se llevara las manos a la cabeza en un estado de shock absoluto no fue ver a su padre muerto. Fue lo que había alrededor de él.

La bodega estaba llena.

Había costales y costales de maíz apilados hasta el techo. Había barriles llenos de frijol, ristras de chiles secos colgando de las vigas y cajas con manteca y carne seca. Había comida suficiente para alimentar a todo el ejido durante meses.

Ximena dio un paso atrás, sintiendo que el aire le faltaba. De repente, todo cobró un sentido macabro y repulsivo.

Su padre no la había echado a la calle solo por orgullo o por la presión de los hombres. La había echado porque él sabía que el invierno sería largo. Él también había visto las señales. Y durante semanas, en secreto, se había dedicado a robar y acaparar las reservas del fondo común del pueblo, escondiéndolas en su casa.

La había expulsado a una muerte segura en la nieve a los 14 años porque, en su mente egoísta y podrida, menos bocas que alimentar significaba que los recursos durarían más. No quería compartir su tesoro con nadie, ni siquiera con su propia hija.

Pero el destino es un juez implacable.