Finalmente, Raúl habló. Es un plan arriesgado”, dijo siempre el pragmático. “Pero reconozco que está bien pensado si la universidad lo respalda y hay financiación real.” Suspiró, “Estamos dentro. Aunque”, añadió Javier, “tendremos voz en las decisiones, ¿verdad? No seremos simples trabajadores en tierras que son nuestras. Tendréis voz como todos los miembros del patronato”, confirmó Elena. Pero las decisiones se tomarán por el bien del proyecto, no por intereses individuales. Esa es la condición innegociable. Los hermanos asintieron reconociendo la justicia de esa postura.
El banquero, viendo que el viento soplaba definitivamente en otra dirección, adoptó rápidamente una nueva actitud. El Banco Agrícola estará encantado de colaborar con un proyecto tan visionario”, declaró como si hubiera apoyado la idea desde el principio. Podríamos incluso considerar una línea de crédito especial para las necesidades iniciales de infraestructura. “Lo estudiaremos”, respondió Elena con diplomacia. “Pero primero necesitamos ver aprobada esa refinanciación de la que hablamos.” Mientras la reunión se disolvía entre conversaciones animadas y planes preliminares, Elena se apartó un momento para contemplar su huerto en la luz del atardecer.
Los árboles, que meses atrás parecían esqueletos sin esperanza, ahora se erguían vibrantes de vida, con pequeños frutos formándose en sus ramas y hojas brillantes meciéndose en la brisa. Don Sebastián se acercó lentamente, apoyado en su bastón. ¿Sabes? Cuando te vi por primera vez aquí llorando bajo ese manzano, algo me dijo que no eras como los demás, comentó el anciano. La mayoría habría vendido este terreno por cuatro perras o lo habría abandonado como hizo tu padre, pero tú viste lo que nadie más podía ver.