Una joven heredó solo árboles secos mientras sus hermanos recibieron las mejores tierras. “Con estos palos muertos aprenderás el valor del esfuerzo”, le dijo su padre con desprecio. Nadie imaginaba que aquellos árboles aparentemente inservibles escondían un secreto que cambiaría su destino para siempre. Mientras sus hermanos mayores, Raúl y Javier habían estudiado en la ciudad y solo regresaban para las fiestas, ella permanecía como una sombra fiel, cocinando, limpiando y atendiendo las necesidades de don Ignacio, un hombre curtido por el sol y endurecido por la vida.
Aquella mañana de abril, el despacho del notario García olía a papeles viejos y a madera pulida. Don Ignacio había fallecido tres semanas atrás tras una larga enfermedad y hoy se leería su testamento. Elena se sentó en una esquina con las manos entrelazadas sobre su falda sencilla mientras sus hermanos ocupaban las sillas centrales frente al escritorio de Nogal. “Procederé a leer las últimas voluntades de don Ignacio Mendoza Vázquez”, anunció el notario, colocándose las gafas sobre el puente de la nariz.