EL PADRE LA DEJÓ con ÁRBOLES SECOS… AÑOS DESPUÉS HERMANOS IMPLORARON que les ENSEÑARA…

Tuve buenos maestros, respondió ella mirándolo con afecto. No, muchacha, los maestros solo abren puertas. Tú decidiste atravesarlas. A lo lejos, Martín conversaba animadamente con el profesor universitario, gesticulando hacia los árboles frutales con entusiasmo. Raúl y Javier, en un rincón, parecían discutir todavía, pero sus rostros ya no mostraban la tensión de antes. ¿Crees que funcionará?, preguntó Elena. ¿Que podremos trabajar juntos después de todo, don Sebastián sonró en agricultura como en la vida, no hay garantías. Solo podemos plantar con cuidado, regar con constancia y esperar lo mejor.

Pero estos árboles, señaló con su bastón a los frutales recuperados, han sobrevivido a peores tormentas. Y tú también. En ese momento, Martín se acercó con una expresión emocionada. El profesor dice que podríamos empezar las obras de infraestructura el mes que viene y hay una convocatoria europea para proyectos de biodiversidad agrícola que encaja perfectamente con lo que hacemos. Podríamos multiplicar la financiación. Una cosa a la vez, sonrió Elena. Primero debemos asegurar lo que ya tenemos. Martín asintió, pero su entusiasmo era incontenible.

Tomó la mano de Elena entre las suyas. ¿Sabes que no se trata solo del proyecto, verdad?”, dijo en voz baja, “Estos meses trabajando contigo han significado mucho para mí.” Don Sebastián, con la discreción de quien ha vivido muchas primaveras, se alejó lentamente, dejándolos solos. Elena miró a Martín a los ojos, reconociendo sentimientos que había mantenido en segundo plano durante estos meses de trabajo intenso. “Para mí también”, admitió finalmente. “Pero ahora mismo este huerto necesita toda mi atención.” “Lo entiendo”, respondió él.

“Y lo respeto. Solo quería que lo supieras. Puedo esperar a que los frutos maduren a su tiempo.” Elena sonrió ante la metáfora perfecta. En ese huerto no solo los árboles estaban despertando a una nueva vida. A medida que caía la noche, los visitantes se marcharon uno a uno. Elena, sin embargo, decidió quedarse. Había traído una pequeña tienda de campaña y un saco de dormir, determinada a pasar la noche bajo las estrellas en compañía de sus árboles. Mientras encendía un pequeño farol, escuchó pasos acercándose.