Necesito pensarlo”, dijo con voz firme. “Este no es el momento ni el lugar para discutir asuntos financieros. Por supuesto, concedió el banquero. Pero no demore mucho su decisión. Las ejecuciones hipotecarias no esperan y sería una lástima que sus hermanos perdieran sus tierras cuando existe una solución a mano.” Cuando el banquero se alejó para admirar los árboles, Elena enfrentó a sus hermanos. Este era vuestro plan desde el principio, preguntó con voz contenida. Acercaros a mí solo para salvar vuestras tierras es una solución que beneficia a todos.
Se defendió Raúl. Tú obtienes financiación para expandir el huerto. Nosotros salvamos nuestras propiedades. ¿Y quién tomaría las decisiones en este proyecto conjunto?, preguntó Elena, aunque ya sabía la respuesta. Yo tengo experiencia en gestión agrícola, respondió Raúl. Tú podrías seguir con la parte técnica, los injertos y esas cosas. Elena soltó una risa amarga. Después de todo este tiempo, seguís viéndome como la hermana pequeña que debe quedarse en su rincón. ¿Creéis que no sé lo que pasaría? En cuanto firme, convertiréis mi huerto en una plantación comercial.
Talaréis los árboles que no den beneficios inmediatos. Abandonaréis las variedades antiguas por no ser rentables. Destruiréis todo lo que he construido. Estás exagerando, intervino Javier. Solo queremos profesionalizar esto. Lo que queréis es salvaros a costa de mi trabajo, replicó Elena. Como siempre, se alejó de ellos temblando de rabia y decepción. buscó refugio junto al primer manzano, el que había dado aquel fruto simbólico que ahora parecía tan lejano. “No dejes que te afecten”, dijo una voz a su espalda.