Cincuenta pesos por visita.
Y en la parte final del libro, unas notas privadas:
Tierras de cobre Carranza: valor estimado 40,000.
Compra forzada posible en 6,000 si heredero incapacitado o madre inútil.
Participación del doctor: 15%.
Magdalena cerró el libro, lo escondió bajo el delantal y salió del consultorio con la misma calma con la que había entrado.
Nadie la miró.
Nadie miraba nunca a la mujer del trapeador.
Cuando volvió a El Mirador y puso el libro sobre la mesa, Elías lo leyó en silencio. Su rostro no cambió. Se volvió más duro todavía, como hierro recién templado.
—“Heredero incapacitado” —leyó en voz baja—. Me iban a matar.
—O a encerrarlo, o a quebrarlo hasta obligarlo a vender.
Elías apoyó ambas manos sobre la mesa y bajó la cabeza. Respiró hondo, como un hombre peleando contra la marea dentro de sí.
—El domingo —dijo al fin—. Todo termina el domingo.
Para entonces, Rosa ya podía ver formas. Luego colores. La tarde del sábado logró leer sola un versículo entero de la Biblia. Y cuando miró la cicatriz de su hijo con nitidez por primera vez en meses, le tocó la cara y le dijo con voz temblorosa:
—Esa marca no te hace feo, mijo. Te hace vivo.
Elías se quebró en silencio.
Aquella noche, después de dejar a Rosa dormida, encontró a Magdalena sentada en el porche con una cobija sobre los hombros, mirando las estrellas.
Se sentó a su lado.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—Muchísimo.
—Yo también.
Hubo un silencio largo, pero ya no era un silencio vacío.
Elías se pasó una mano por la nuca, incómodo, como si fuera más fácil domar un toro que decir lo que quería decir.
—Cuando esto termine… quiero que te quedes.
Magdalena sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quedarme dónde?
—Aquí. Con mi madre. Conmigo. No sé decirlo bonito, Magdalena. Se me da mejor pelear que hablar. Pero desde que llegaste… la casa volvió a tener luz. Y yo… yo no quiero volver a la oscuridad.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No sabes bien quién soy.
Elías volvió la cara hacia ella.