—Subiste la sierra de noche, peleaste con la infección de mi madre durante dos horas y estás temblando. Come.
Fue la primera vez que dijo su nombre.
—Come, Magdalena.
Ella obedeció.
Y así comenzaron tres días que cambiarían el destino de todos.
Mientras Magdalena trataba a Rosa tres veces al día, Elías vigilaba el rancho como un animal herido. Y no tardó en descubrir que el peligro era real: dos reses aparecieron envenenadas junto al bebedero; la cerca del lado norte amaneció cortada; alguien había rondado la casa durante la noche. No eran amenazas vacías. El juez estaba apretando.
Magdalena lo sabía.
—Quiere que usted pierda la cabeza —le dijo—. Si baja al pueblo y lo mata, gana él. Usted termina preso, su madre sola y las tierras en manos ajenas.
—Entonces dime qué hago —gruñó Elías, abriendo y cerrando las manos como si quisiera estrangular el aire—. Porque juro por Dios que tengo ganas de arrancarle la garganta.
Magdalena sostuvo su mirada.
—Primero, salvamos a su madre. Luego obligamos al juez y al doctor a exhibirse frente a todos.
Elías soltó una carcajada sin humor.
—¿Y tú tienes un plan para eso?
—Tengo el principio de uno.
Porque además del cuaderno, Magdalena tenía otra ventaja: limpiaba cada dos miércoles la consulta del doctor Anselmo. Su esposa le había dado una llave hacía meses, convencida de que una mujer como ella era tan insignificante que jamás se atrevería a abrir un cajón que no le correspondiera.
El tercer día, mientras Rosa soportaba la última compresa y empezaba por fin a distinguir la luz, Magdalena bajó al pueblo al amanecer, se puso su vestido de trabajo, entró al consultorio con su cubeta y su trapeador… y buscó.
Lo encontró.
En el libro de registros del doctor.
Allí estaba el nombre de Rosa Carranza, seguido por una serie de visitas semanales y, junto al tratamiento prescrito, una anotación que helaba la sangre:
cloruro de mercurio, aplicación ocular
No medicina.
Veneno.
Dosis pequeñas, repetidas, suficientes para destruir lentamente el nervio óptico y hacer parecer que la ceguera era natural.
Más abajo encontró otra columna, marcada solo con las iniciales C.T.
Cornelio Téllez.