—Sé que subiste sola la sierra de noche por una mujer que apenas te debía un pañuelo limpio. Sé que apuntaste más alto que todos los que se creen grandes en ese pueblo. Sé que eres la persona más valiente que he conocido. Y sé que si vuelves a llamarte como te llaman ellos, te voy a callar con un beso.
Magdalena abrió la boca para protestar.
No alcanzó.
Elías la besó.
No fue un beso delicado. Fue el beso de un hombre que llevaba demasiado tiempo enterrado bajo el dolor y acababa de encontrar un poco de calor en medio del invierno. Magdalena le sujetó la camisa con ambas manos y lo besó de vuelta con la fuerza de todos los años en que nadie la había mirado de verdad.
Cuando se separaron, ambos respiraban como si hubieran subido la montaña corriendo.
—¿Eso cuenta como sí? —preguntó él.
Ella sonrió entre lágrimas.
—Eso cuenta como: primero sobrevivimos al domingo.
El domingo, después de misa, el salón comunal de Aguaverde estaba lleno. El juez Cornelio Téllez había llegado con su traje negro impecable, el médico a su lado y varios hombres detrás, convencido de que todavía controlaba al pueblo. Pero entonces entró el carruaje de los Carranza.
Elías bajó primero.
Luego extendió la mano y ayudó a Magdalena a descender, a plena vista de todos. Sin esconderla. Sin vergüenza. Sin prisa.
El murmullo fue inmediato.
—¿Esa no es la Búfala?
—¿Qué hace al lado de Elías?
—¡Miren a doña Rosa! ¡Tiene los ojos abiertos!
Rosa bajó del carruaje por su propio pie. Se paró bajo el sol y miró a todos de frente.
—Buenos días —dijo con voz clara—. Qué bonito está el cielo. Puedo verlo otra vez.
El silencio cayó como un golpe.
Dentro del salón, el padre Mateo pidió orden. Luego anunció que sería Magdalena Presa quien hablaría.
El juez se burló desde su asiento.
—¿Desde cuándo una criada da discursos al pueblo?
Magdalena sintió que le temblaban las piernas. Vio los rostros conocidos: la patrona que la maltrataba, las mujeres que se reían de su cuerpo, los hombres que la habían ignorado toda la vida. Por un segundo, la niña cubierta de lodo quiso esconderse.
Entonces oyó la voz de Rosa desde la tercera fila:
—Adelante, montaña. Te estamos escuchando.
Y habló.