El millonario fingió irse de viaje pero descubrió — lo que la niñera hacía con sus hijos…

Estas muchachitas pobres siempre le tienen envidia a la gente de bien. Ella quiere ser la madre, quiere ocupar el lugar de la señora, que en paz descanse. La mención de su esposa muerta fue el detonante final. Roberto se puso de pie de un salto, dejando a Santi en el sofá. El dolor de la ausencia de su esposa era una herida que nunca había cerrado. Y la idea de que una cualquiera intentara usurpar ese lugar sagrado lo cegó de ira.

Ella nunca será como mi esposa, gruñó Roberto con la mandíbula tensa. Por supuesto que no, señor. La señora era un ángel, una dama. Esta chica huele a cloro y a sudor barato. Insistió Gertrudis. acercándose un paso más, bajando la voz a un susurro conspirativo. Pero los niños son inocentes, se confunden. Si usted permite que ella siga aquí un día más, olvidarán quién es su padre, olvidarán el apellido que llevan, se convertirán en eso que vio hoy, un circo.

Roberto miró a sus hijos, estaban rojos, sudorosos, con las camisetas fuera de los pantalones. llorando sin consuelo. No parecían los herederos de un imperio, parecían niños rotos. Y en su lógica torcida por el dolor y la manipulación, Roberto decidió que la culpa no era de su ausencia ni de su frialdad, sino del exceso de calor de la niñera. Tiene razón, Gertrudis, dijo Roberto, recuperando su postura erguida, endureciendo su corazón. Esto se acaba hoy. No voy a permitir que mi casa se convierta en una barriada.

Gertrudis asintió ocultando una sonrisa triunfal mientras alisaba su delantal. Es lo mejor, señor, por el bien de los niños. Hay que cortar la infección antes de que se extienda. ¿Quiere que llame a seguridad para que la saquen? No, dijo Roberto ajustándose el nudo de la corbata con un movimiento seco. Yo mismo lo haré. Quiero verle la cara cuando entienda que con mi familia no se juega. Mientras Roberto salía de la sala con paso marcial hacia el área de servicio, Gertrudis se quedó sola con los gemelos.

Los miró con desprecio, sacó un pañuelo de su bolsillo y se limpió el lugar donde el juguete de Nico la había golpeado. “Llorad todo lo que queráis, mocosos”, susurró a los bebés que seguían gritando. “¡Se acabó la fiesta! El cuarto de servicio estaba al final de un pasillo estrecho detrás de la cocina, una frontera arquitectónica que separaba el lujo de la labor. Elena estaba allí de pie junto a su pequeña cama individual. No había desempacado mucho porque en el fondo siempre había temido que este momento llegara.