El millonario fingió irse de viaje, pero descubrió lo que la niñera hacía con sus hijos. No hubo chirridos en la cerradura. Don Roberto había aceitado los cerrojos personalmente la noche anterior, preparando el escenario para su trampa perfecta. La casa estaba sumida en esa quietud engañosa que precede a las tormentas, o al menos eso creía él. Su mano, firme y envuelta en un guante de cuero negro, giró el pomo de la puerta principal con una lentitud exasperante. Llevaba su maletín en la otra mano, no porque tuviera trabajo, sino porque era parte del disfraz.
Se suponía que estaba a 3,000 m de altura volando hacia una conferencia en Ginebra. Se suponía que la casa estaba vacía de su presencia, dejando vía libre para que la nueva niñera mostrara sus verdaderos colores. Roberto odiaba la incertidumbre. Desde la muerte de su esposa, su vida se había convertido en una cuadrícula de horarios, reglas y silencios obligatorios. Había despedido a cuatro niñeras en se meses, una por llegar 5 minutos tarde, otra por usar el teléfono mientras alimentaba a los gemelos, otra simplemente porque su risa le parecía demasiado estridente para una casa que guardaba luto.
Pero esta Elena, Elena era un enigma demasiado joven, demasiado inexperta y según doña Gertrudis, su ama de llaves de confianza, demasiado vulgar para el estándar de la familia. “Le digo que cuando usted no está, esa muchacha hace cosas raras”, le había susurrado Gertrudis esa mañana con esa mueca de falsa preocupación que Roberto interpretaba como lealtad. Los niños no lloran, señor, y eso no es normal. Los niños siempre lloran. Si no lloran es porque los tiene drogados o asustados.