“Para usted es un trofeo, una prueba de que logró manipularlos”, respondió Roberto sacando una cartera de piel de su bolsillo interior. Abrió la billetera y sacó un fajo de billetes gruesos sin siquiera contarlos. Aquí tiene. Es su sueldo del mes completo, más una indemnización. Es mucho más de lo que merece por el espectáculo grotesco que montó hoy en mi sala. Lanzó los billetes sobre la cama al lado de la maleta abierta. El dinero cayó desordenado, algunos billetes deslizándose hasta el suelo.
Fue un gesto calculado para hacerla sentir pequeña. Una transacción comercial para comprar su silencio y su desaparición. Tómelo y váyase. No quiero verla nunca más cerca de esta propiedad. Si me entero de que intenta contactar a los niños, llamaré a la policía. Tengo abogados que podrían arruinarle la vida antes de que usted pueda pestañar. Elena miró el dinero esparcido. Podría haber pagado las medicinas de su madre por tres meses con eso, pero en ese momento el dinero le pareció sucio.
Respiró hondo, tragándose el orgullo y levantó la vista hacia Roberto. Sus ojos oscuros, habitualmente dulces, ahora brillaban con una dignidad que Roberto no esperaba encontrar en alguien con un uniforme barato. Señor Roberto”, dijo ella, ignorando los billetes, “puede insultarme a mí todo lo que quiera. Puede decir que soy vulgar, que soy pobre, que no tengo clase, pero no se mienta a usted mismo. Lo que vio hoy no fue un circo, fue amor.” Roberto se tensó listo para interrumpirla, pero algo en la voz de ella lo detuvo.
Esos niños tienen hambre, señor, y no de comida cara ni de juguetes importados. Tienen hambre de que alguien se tire al suelo con ellos. Tienen hambre de que alguien los toque sin miedo a ensuciarse el traje. Usted cree que me despide por desordenada, pero en el fondo me despide porque le duele ver que una extraña les da lo que usted no puede darles porque está demasiado ocupado estando triste. “Cállese”, bramó Roberto golpeando el marco de la puerta con la mano abierta.
La verdad le había dado en el centro de su herida. Usted no sabe nada de mi dolor. Usted es una simple empleada. Soy la persona que enseñó a su hijo a ponerse de pie, respondió Elena, suave pero implacable. Santi no caminaba porque tenía miedo. Hoy se puso de pie sobre mí porque confiaba en que yo no lo dejaría caer. ¿Puede usted decir lo mismo? Si ellos caen, ¿estará usted ahí para atraparlos? ¿O estará preocupado por si se le arruga la camisa?