—Es lo correcto.
—¿Lo correcto? —la voz de Catalina subió por primera vez—. ¿Después de dejar a una niña de siete años y a un niño de tres como si fueran paquetes? ¿Después de desaparecer? ¿Después de no mandar ni para un cuaderno? ¿Lo correcto es venir con abogados cuando ya están criados?
Bruno resopló, aburrido.
—Mamá, esto está tardando muchísimo.
Laura giró hacia él con una furia tan limpia que el muchacho, por primera vez, dejó de sonreír.
—Cállate.
Verónica dio un paso adelante.
—No le hables así a mi hijo.
—Entonces que no entre a esta casa a mirarnos como si fuéramos basura.
Rodrigo levantó la voz.
—¡Laura!
La chica se quedó quieta.
No por miedo.
Sino por el impacto brutal de escucharlo usar autoridad después de tantos años de ausencia.
Y eso la enfureció aún más.
—No me grites —dijo despacio—. No tienes derecho.
Rodrigo la miró fijamente.
Y por primera vez en toda la visita, Laura creyó ver algo más que fastidio.
Vio cálculo.
Como si la estuviera observando no como a su hija, sino como a una pieza difícil de mover.
—Estás confundida porque te llenaron la cabeza —dijo él—. Pero yo puedo darte oportunidades que aquí nunca vas a tener. Te vi. Eres inteligente. Podrías estudiar en una escuela buena. Tener otra vida.
Laura sintió náusea.
Él no sabía nada de ella.