El día en que su padre los abandonó tras el entierro de su madre, nadie sospechaba que años después regresaría… y que sería él quien no podría soportar la verdad.

Laura sintió que el aire se volvía pesado.

No por la sorpresa de verlo.

Sino por la naturalidad con la que había regresado, como si no hubiera borrado su propia existencia durante años. Como si no hubiera dejado a dos niños rotos y a una mujer mayor cargando con todo lo que él había soltado.

Catalina no dijo nada al principio.

Solo apretó más fuerte la mano contra el borde de la puerta.

Rodrigo la miró de arriba abajo y ensanchó la sonrisa.

—Buenas tardes, Catalina. Veo que… sobrevivieron.

La mujer que estaba a su lado, alta, delgada, vestida con un conjunto beige impecable y una cartera demasiado costosa para aquel barrio, giró la cabeza con disgusto al ver la sala.

—Rodrigo, ¿de verdad tenemos que hacer esto aquí? —murmuró—. Huele a humedad.

Detrás de ellos, el muchacho de unos quince o dieciséis años soltó una risa baja, casi con asco.

Laura lo escuchó todo.

Cada palabra.

Cada gesto.

Cada mirada.

Y algo dentro de ella, algo que había aprendido a soportar demasiado, empezó a tensarse de una forma nueva.

Daniel, que ya tenía once años, se puso de pie sin despegar la vista de su padre.

No dio un paso hacia él.

No corrió a abrazarlo.

No lo llamó papá.