El día en que su padre los abandonó tras el entierro de su madre, nadie sospechaba que años después regresaría… y que sería él quien no podría soportar la verdad.

Laura creyó no haber oído bien.

Daniel la miró.

Catalina, en cambio, se quedó completamente quieta. Tan quieta que eso daba más miedo que un grito.

—No —dijo ella.

Rodrigo frunció el ceño.

—Ni siquiera me has escuchado.

—No hace falta.

—Tienen derecho a vivir con su padre.

—Perdiste ese derecho el día que saliste por esa puerta.

Verónica intervino otra vez, con una paciencia fabricada.

—Entienda algo, señora. Nosotros podemos ofrecerles estabilidad. Una buena casa. Escuelas privadas. Contactos. Futuro. No tiene sentido que sigan aquí, viviendo de forma tan limitada, cuando Rodrigo puede hacerse cargo por fin.

Laura sintió que algo le revolvía el estómago.

Por fin.

Como si los años de abandono fueran un pequeño retraso.

Como si la miseria que habían esquivado con esfuerzo no hubiera sido consecuencia directa del hombre que tenían enfrente.

Daniel habló entonces, por primera vez.

—No te necesitamos.

Su voz salió más grave de lo que Laura esperaba.

Rodrigo lo miró con una mezcla de sorpresa y molestia.

—Estás enojado. Lo entiendo. Pero algún día vas a agradecerme esto.

Daniel dio un paso adelante.

—¿Agradecerte qué?

El silencio se tensó.

—¿Que te fueras? ¿Que mi abuela vendiera su casa por nosotros? ¿Que Laura dejara de ser niña para cuidarme cuando ella también estaba rota? ¿Que nunca llamaras? ¿Que no supieras ni en qué grado voy?

Rodrigo abrió la boca.

La cerró.

Por primera vez desde que había llegado, pareció perder un poco el control.

—Yo tenía mis razones.