Sino porque aquel hombre había rehecho una vida entera mientras ellos contaban monedas para llegar a fin de mes.
Y ni siquiera había tenido el valor de aparecer antes.
—¿Y él? —preguntó Laura, señalando al muchacho.
Rodrigo le dedicó una mirada incómoda, como si apenas en ese momento recordara que ella ya no era la niña de siete años que dejó en pijama junto a la puerta.
—Es Bruno. El hijo de Verónica.
Bruno levantó una ceja y volvió a mirar la casa con desdén.
—¿Ya podemos terminar? —dijo—. Tengo entrenamiento a las seis.
Daniel bajó la vista.
Pero Laura vio cómo apretaba los puños.
Catalina abrió más la puerta solo lo necesario para mantenerse firme en el umbral, bloqueándoles la entrada.
—Habla de una vez.
Rodrigo acomodó el saco, tomó aire y soltó la frase como quien entrega un documento rutinario.
—Quiero llevarme a Laura y a Daniel conmigo.
Durante un segundo, nadie se movió.
Ni respiró.
Ni parpadeó.