El día en que su padre los abandonó tras el entierro de su madre, nadie sospechaba que años después regresaría… y que sería él quien no podría soportar la verdad.

Solo lo miró como se mira a un extraño que llegó tarde a una historia que ya no le pertenece.

—¿Qué quieres? —preguntó Catalina al fin, con una voz baja y firme.

Rodrigo exhaló como si la pregunta fuera una molestia menor.

—Hablar. Nada más.

—No tienes derecho a “nada más” en esta casa.

Él sostuvo la mirada un segundo, y Laura vio algo conocido en su expresión.

No culpa.

No vergüenza.

Fastidio.

Como si el problema no fuera lo que había hecho, sino que se lo recordaran.

—Mira, Catalina, no vine a pelear. Vine porque las cosas cambiaron. Y ellos son mis hijos.

Aquella frase cayó en la sala como una bofetada.

Sus hijos.

Después de años sin una llamada.

Después de cumpleaños vacíos.

Después de enfermedades, uniformes, colegiaturas, noches de fiebre, tardes de tarea, zapatos gastados y lágrimas secadas por otras manos.

Catalina soltó una risa seca, breve, peligrosa.

—No te atrevas a usar esa palabra aquí.

La mujer elegante dio un paso adelante.

—Con todo respeto, señora, Rodrigo solo quiere arreglar una situación que se ha prolongado demasiado. Los niños merecen una vida mejor.

Catalina la miró lentamente.

—¿Y usted quién demonios es?

Rodrigo respondió por ella.

—Mi esposa. Se llama Verónica.

Laura sintió un pinchazo duro en el pecho.

No porque esperara fidelidad eterna hacia su madre.