—Sígueme —dije con firmeza.
Llevé a Mateo a la cocina. La pequeña cocina olía a especias, el lugar donde me había redescubierto. Tomé una gran bolsa de tela, recipientes de estofado de carne sobrante, algo de fruta y una botella grande de agua. Até la bolsa con fuerza y la puse en las manos de Mateo.
—Te perdono, hijo mío.
Lo miré directamente a los ojos. Mi voz, severa pero compasiva:
—Te perdono porque has sabido volver, pero tu vida tienes que reconstruirla tú mismo desde estas ruinas. Ni puedo protegerte para siempre.
Mateo asintió repetidamente. Las lágrimas volvieron a brotar.
—Sigue trabajando. Sigue trabajando honestamente, ya sea como albañil o como cargador. Mientras el dinero sea limpio, es algo de lo que estar orgulloso. Y recuerda esto bien: cuando tengas hambre, ven a comer la comida de mamá. La puerta de la cocina de mamá… pero solo para comer. ¿Entiendes?
—Lo entiendo, mamá. Lo entiendo.
Mateo me abrazó con fuerza. Su abrazo era delgado, rígido por los músculos del trabajo, pero más sincero que nunca.
El atardecer se desvaneció, dando paso a una noche tranquila sobre el pueblo. La gente del vecindario probablemente se había acostumbrado a una imagen sencilla. Cada atardecer, en la pequeña mesa de madera frente al porche del comedor comunitario, una madre y un hijo cenaban juntos. Una, con un delantal blanco impecable. El hijo, sentado enfrente con ropa de trabajo manchada de polvo, el rostro curtido por el sol, pero los ojos brillantes de alegría.
—Hoy el capataz me elogió, mamá —dijo Mateo mientras masticaba con avidez el taco que su madre le había hecho, gesticulando con entusiasmo—. Dijo que mi enlucido es el más liso del equipo. Quizás el próximo mes me asciendan a oficial.