No necesita saber la hora del vuelo porque usted no está en la lista. Usted se queda a cuidar a todos los niños.
Esa fue la fría respuesta de mi nuera cuando le pregunté sobre el viaje a la Costa del Sol que mi hijo acababa de anunciar para toda la familia. En medio de una lujosa fiesta de cumpleaños, frente a tantos invitados, me convirtió de madre y dueña de la casa en una sirvienta gratuita y despreciada. Ella y mi hijo me miraron con satisfacción mientras yo me quedaba paralizada entre risitas, creyendo que volvería a agachar la cabeza con resignación como siempre.
Hola, soy Margarita, y la historia que estoy a punto de contarte no comienza con amor, sino con el momento en que la gota derramó el vaso y decidí marcharme para siempre. Déjenme contarles cómo empezó todo.
Soy la dueña nominal de esta mansión, pero vivía como una sombra en mi propia casa para servir a la vanidad de mis hijos. Esa tarde todavía recuerdo el calor del horno golpeándome la cara, mezclado con el olor a grasa de 50 porciones de carnitas recién hechas. Mis pies estaban entumecidos dentro de mis viejos zapatos de tela. Me apoyé en el frío fregadero, secándome el sudor que me corría por el cuello, tratando de respirar hondo para disipar el mareo.
Al otro lado de la puerta de roble, la animada música de mariachi y las bulliciosas risas de la alta sociedad de San Miguel de Allende resonaban como un mundo aparte. Un mundo al que yo, la dueña nominal de esta mansión, no tenía permitido entrar como un ser humano.
Me ajusté el delantal manchado de salsa de tomate y saqué la última bandeja de estofado de carne. Justo cuando se abrió la puerta, la voz chillona de mi nuera Camila me golpeó los oídos: