—Muy bien, hijo. Come mucho para que tengas fuerzas para trabajar.
Le serví otro trozo de carne.
Mateo comía con apetito. Ya no era exigente con la comida. Ya no se quejaba como antes. Al mirarlo, vi una semilla creciendo con fuerza desde la tierra seca. Sonreí una sonrisa de liberación y plena satisfacción. Había perdido a un niño mimado inútil, pero había recuperado a un verdadero hombre.
Para esta vida, no para presumir de una victoria ni para airear las faltas de mis hijos, la cuento porque sé que ahí fuera, en esas casas iluminadas, todavía hay muchas madres e hijos tan perdidos como lo estuvimos nosotros una vez.
A las madres: amen a sus hijos con un corazón cálido y una mente fría. Solo… crea parásitos insensibles. Recuerden que se llaman Margarita, Elena, María. Guarden para ustedes una cuenta bancaria, una pasión y un límite sagrado que nadie puede cruzar. Nunca entreguen las llaves de su vida a otra persona, ni siquiera al hijo que dieron a luz. Solo cuando sepan amarse a sí mismas podrán enseñar a sus hijos a amar a los demás.
A aquellos que se encuentran entre dos corrientes, la familia de origen y la nueva familia: su cónyuge es el compañero de vida que caminará con ustedes, pero sus padres son sus raíces, su origen. Nunca pisoteen a uno para complacer al otro. Su silencio cómplice a veces es más cruel que cualquier regaño. No esperen a estar acurrucados bajo el puente de la vida para darse cuenta de lo valiosa que es la sopa de su madre. Sean equilibrados, sean justos y sean agradecidos.