Elena lo miró con sospecha. Él tomó un tenedor, probó primero y añadió:
—No está envenenado. Lo hice yo.
La niña dio un bocado. Luego otro. Y otro. Comió con lágrimas silenciosas en los ojos.
Desde ese día, Toño se volvió su refugio. Le enseñó a revolver sopas, a estirar masa, a espolvorear queso. Ella empezó a llamarlo Tío Toño. Sara, la gerente estricta del restaurante, primero la observó con desconfianza, pero terminó comprándole colores y cuadernos. Marcos le inventó un saludo secreto con palmadas y puños. Y poco a poco, Obsidiana comenzó a cambiar.
La única persona de la que Elena seguía teniendo miedo era Santiago.
No porque él la hubiera tratado mal. Al contrario. Precisamente por eso. Porque era hombre, alto, poderoso, y eso, para ella, significaba peligro.
Santiago no la forzó jamás. La dejó acercarse a su ritmo. Solo estaba allí. Siempre. Cuando tenía pesadillas, él se sentaba en el suelo, junto a la pared, con todas las luces encendidas, hasta que volvía a dormirse. Cuando no podía comer, esperaba en silencio. Cuando se quedaba inmóvil ante cualquier ruido fuerte, él no preguntaba, solo permanecía cerca.
Una noche, después de un grito terrible que despertó a medio edificio, Elena confesó entre sollozos lo que había vivido.
Su mamá, Rosa, había muerto al darle a luz. Su padre la amó de verdad, pero falleció en un accidente cuando ella tenía cuatro años. Entonces fue enviada con su tía Lucía y el esposo de esta, Víctor Mejía. Al principio todo pareció normal. Después de la boda, Víctor cambió. Empezó a beber. A insultarla. A golpearla por cualquier cosa. Si tiraba un vaso, la encerraba en el sótano durante días. Si lloraba, le apagaba cigarros en la piel. Si se quejaba, le pegaba con el cinturón. Lucía veía todo, lloraba a escondidas… y no hacía nada.
Hasta que una noche Elena escuchó algo peor.