—¿Conoces a alguien que quiera tener un hijo? —preguntó una niña al jefe de la mafia más temido.

Desnutrición severa. Costillas mal soldadas. Marcas de cinturón en la espalda. Siete quemaduras de cigarro en brazos y piernas. Uñas arrancadas. Principio de congelamiento en ambos pies.

Helena cerró su maletín con los labios tensos.

—Esto no es maltrato común, Santiago. Es tortura sistemática. Alguien la hizo sufrir durante mucho tiempo.

Santiago no respondió. Solo volvió a entrar a la habitación y se arrodilló frente a Elena.

—¿Quién te hizo esto?

La niña lo miró con unos ojos extrañamente viejos.

—Yo era mala —susurró—. Y me castigaban.

Aquella frase rompió algo dentro de él.

Esa noche le prepararon una habitación cálida, con cama grande, cobijas suaves y una lámpara encendida. Elena no durmió en la cama. Se acurrucó en la esquina más lejana, con el abrigo de Santiago y su conejo. Antes de dormirse, escondió rebanadas de pan bajo la almohada y una manzana en el bolsillo del abrigo, por si la echaban al día siguiente.

A las cinco de la mañana, el chef del restaurante, Toño Rivas, la encontró hurgando en la basura de la cocina en busca de restos de pan.

No la regañó.

Encendió la estufa, hirvió pasta, hizo una salsa de jitomate sencilla y le puso un plato frente a ella.

—En mi cocina nadie come de la basura —dijo con voz ronca.