Víctor debía dinero y estaba desesperado. Dijo que podía venderla. Que todavía era pequeña y “valía buena lana”.
Esa madrugada, la niña escapó por una ventana del sótano. Caminó tres días descalza, durmió en callejones, comió de la basura y terminó frente a Obsidiana, donde hizo la única pregunta que le salió del alma:
“¿Conoce a alguien que quiera una niña?”
Cuando terminó de contar todo, Elena bajó la cabeza.
—Perdón… yo sé que doy muchos problemas. Si ya no me quiere aquí, me voy.
Santiago sintió que se le incendiaba la sangre.
Se puso de rodillas frente a ella y, con una delicadeza que parecía imposible en un hombre como él, la abrazó.
Al principio, Elena se quedó rígida. Luego, muy poco a poco, levantó los brazos y se aferró a su cuello como si se estuviera sujetando a la única tabla en medio de un mar oscuro.
—Escúchame bien —le dijo él, con la voz baja pero firme—. Nadie va a volver a tocarte. Nadie va a encerrarte. Nadie va a venderte. Te lo prometo.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Puedo… quedarme aquí con usted?
Santiago le secó las lágrimas con los pulgares.
—Todo el tiempo que tú quieras. Esta es tu casa.
Las semanas siguientes fueron un milagro lento. Elena dejó de esconder comida. Empezó a dormir algunas noches sobre la cama. Reía más. Dibujaba casas, conejos y soles enormes. Un día entró a la oficina de Santiago y le regaló un dibujo donde aparecían él, ella y su conejo frente a una casa amarilla. Abajo había escrito, con letras torcidas: Mi familia.
Santiago lo enmarcó y lo colgó detrás de su escritorio.
Pero la paz duró poco.
Una tarde, Víctor Mejía apareció en la recepción del restaurante con papeles legales en la mano, fingiendo preocupación.
—Busco a mi sobrina. La niña está confundida. Dice mentiras. Yo soy su tutor.