—¿Conoces a alguien que quiera tener un hijo? —preguntó una niña al jefe de la mafia más temido.

La lluvia helada caía sobre la Ciudad de México como si quisiera borrar de las calles a todo el que no tuviera a dónde volver. En la entrada de Obsidiana, el restaurante más exclusivo de Polanco, la luz dorada salía por los ventanales y se derramaba sobre la banqueta mojada como una burla cruel para quienes jamás podrían cruzar esas puertas.

El guardia de seguridad ya iba a ahuyentar a la niña cuando la vio mejor.

Estaba acurrucada junto al muro, a unos pasos de la entrada. No tendría más de seis años. Llevaba un vestido delgado con un hombro roto, sin suéter, sin zapatos, con los pies morados por el frío. Tenía el cabello rubio oscuro, mal cortado, apelmazado por la lluvia. En la mejilla izquierda, cerca del ojo, resaltaba un moretón reciente. Entre sus manos temblorosas abrazaba un conejo de peluche viejo, con una oreja rasgada y el relleno amarillento asomando por una costura.

Pero lo más duro eran sus ojos.

No miraban con miedo. Miraban con resignación. Como si ya supiera, desde hacía mucho, que el mundo casi siempre la iba a rechazar.

El guardia levantó la mano para espantarla, pero la niña no pidió dinero. No pidió comida. No lloró. Solo preguntó, en un hilo de voz:

—Señor… ¿conoce a alguien que quiera una niña?

El hombre se quedó inmóvil.