Dentro de Obsidiana, el silencio fue inmediato. Los meseros se detuvieron. Los clientes voltearon. Las copas dejaron de sonar. Nadie entendía qué hacía aquella niña famélica, envuelta en un abrigo carísimo, caminando de puntitas sobre el mármol para no ensuciarlo.
—Voy a dejar el piso sucio —murmuró ella al cruzar la puerta.
Marcos sintió un nudo en el pecho.
—El piso se puede limpiar —le dijo con suavidad—. Tú entra.
La llevaron a una sala privada al fondo del edificio. Le pusieron comida, agua, una manta. Pero Elena no tocó nada. Se sentó en una esquina, abrazando su conejo, vigilando cada movimiento como un animal herido.
La doctora Helena Cárdenas llegó veinte minutos después. Había atendido a Santiago durante quince años y nunca hacía preguntas innecesarias. Entró a la habitación con voz tranquila, se presentó, trató de acercarse. Elena retrocedió de golpe, con todo el cuerpo.
—No, por favor… voy a portarme bien… no me pegue…
Santiago, que observaba desde la puerta, sintió que algo le ardía por dentro.
Se sentó en el suelo, a cierta distancia de la niña, con la espalda contra la pared.
—Elena —dijo despacio—. La doctora solo quiere revisar que estés bien. No va a hacer nada que tú no quieras. Yo me voy a quedar aquí.
La niña lo miró, dudó, y luego, con una lentitud temblorosa, puso sus dedos pequeños sobre la mano abierta que él le ofrecía.
La revisión duró poco, pero el reporte fue suficiente para dejar el aire helado.