Ella bajó la cabeza y añadió, atropellándose con sus propias palabras:
—Prometo portarme bien. Sé lavar platos. Sé trapear. No como mucho. Solo… solo necesito un lugar donde no me peguen.
En ese momento, un Maybach negro se detuvo frente al restaurante. De él bajó un hombre alto, de hombros anchos, abrigo oscuro, cabello negro con algunas canas en las sienes y una mirada gris capaz de congelar a cualquiera. Se llamaba Santiago Montaño. Dueño de Obsidiana. Empresario brillante. Temido en círculos donde nadie pronunciaba su nombre en voz alta. En la ciudad lo llamaban el Rey Negro.
Santiago iba a entrar sin mirar a nadie, pero entonces vio a la niña.
Ella le sostuvo la mirada sin parpadear, apretando fuerte el conejo contra el pecho.
Y algo dentro de él se detuvo.
Se acercó despacio. Luego, para sorpresa del guardia, de su chofer y de todos los que lo conocían, se arrodilló sobre la banqueta mojada hasta quedar a la altura de la niña.
—¿Cómo te llamas, pequeña?
La niña lo estudió durante varios segundos. Era evidente que sabía leer a los adultos para sobrevivir.
—Elena —susurró—. Pero casi nadie quiere saber mi nombre.
Por un instante, algo viejo y doloroso cruzó los ojos de Santiago. Una sombra. Un recuerdo. Otra niña de seis años, perdida hacía dos décadas, a la que no había logrado salvar.
—Yo sí quiero saberlo —respondió con la voz áspera.
Se quitó el abrigo y se lo puso con cuidado sobre los hombros. Elena se estremeció por reflejo, como una criatura acostumbrada a que toda mano levantada significara un golpe. Santiago se quedó quieto, sin apresurarla.
Después se incorporó y miró a su hombre de confianza.
—Marcos, métanla. Llama a la doctora. Ahora.