El alguacil sonrió apenas.
—Entonces, compadre, será mejor que vayas aprendiendo a ser padre.
La noticia tardó semanas, pero llegó con la primavera. Tomás había muerto borracho, al romperse el hielo de una laguna cuando intentó cruzarla de noche. La familia restante de la niña apareció poco después: Samuel y Rebeca Villaseñor, unos parientes que vivían en Sonora y que, al enterarse de todo, subieron a la sierra no para reclamarla, sino para verla.
Rebeca lloró al cargarla.
—Se parece a mi hermana —susurró—. Y está viva gracias a usted.
Samuel firmó ante el alguacil renunciando a cualquier derecho sobre la pequeña.
—Nosotros no podemos borrar lo que hizo Tomás —dijo—, pero sí podemos impedir que vuelva a repetirse. Si ella ya lo eligió a usted, nadie debería arrancársela.
Así fue como Lucerito obtuvo un apellido nuevo.
Lucerito Cruz.
Mateo creyó que por fin todo estaba resuelto. Pero la vida, que a veces da golpes incluso después de conceder un milagro, todavía le tenía una prueba más. En el pueblo, la directora del hospicio local, doña Águeda Patiño, pidió revisar la adopción alegando que una niña no debía crecer sola con un hombre rudo de la sierra. Decía que necesitaba “un ambiente adecuado”, “modales”, “figura materna”.
Mateo viajó hasta Chihuahua con la niña en brazos y el alma hecha un nudo.
En la audiencia habló poco, como era su costumbre, pero cada palabra cayó con el peso de una piedra limpia.
—Yo la saqué del hielo cuando todos los demás la daban por muerta. La alimenté, la cuidé, la defendí de hombres armados. No soy perfecto, señor juez. Pero esta niña no necesita perfección. Necesita a alguien que no la abandone.
Entonces pasó algo que nadie esperaba.
La niña, que ya caminaba tambaleándose y soltaba sus primeras palabras claras, alzó los brazos hacia Mateo y dijo frente a todos:
—Papá.
El silencio en la sala fue absoluto.
El juez miró a la pequeña, luego a Mateo, luego a doña Águeda. Y negó con la cabeza.
—No voy a arrancar a una niña sana, feliz y protegida de los brazos del único padre que ha conocido.
La adopción quedó firme.
Aquella misma tarde, al salir del juzgado, una mujer de cabello oscuro y mirada serena se acercó a Mateo. Era Elena Robles, viuda y dueña de la tienda de abarrotes del pueblo serrano donde él había ido a comprar leche y ropa para Lucerito durante meses. Con delicadeza, y sin pedir permiso con palabras, le acomodó la trenza mal hecha a la niña.
—Nunca aprendiste a peinarla bien —dijo con una sonrisa.
Mateo soltó una risa breve, rara en él.
—Hago lo que puedo.
—Ya lo sé. Y lo haces mejor que muchos.
Elena empezó a visitarlos algunos fines de semana. Le enseñó a Lucerito canciones, a Mateo a coser dobladillos y a ambos a reírse sin miedo. La niña se acostumbró a correr hacia ella en cuanto la veía aparecer por el camino, y Mateo entendió demasiado tarde que ya la esperaba incluso antes de verla.
Un atardecer de agosto, mientras Lucerito perseguía mariposas junto al arroyo que meses atrás casi la había devorado, Elena se sentó a su lado en el porche.
—No me da miedo tu silencio, Mateo —le dijo—. Ni tu vida en la sierra. Pero esa niña merece una familia completa. Y creo… creo que tú también.
Mateo miró a Lucerito chapotear en la orilla segura, dorada por la luz del sol.
—No sé prometer cosas bonitas —admitió.
—Entonces prométeme cosas verdaderas.