Arrojaron a un bebé al arroyo helado. Un vaquero se dio la vuelta y echó a correr cuando oyó el grito: “¡Mamá!”.

El primer disparo rompió una contraventana.

Mateo se movió como si el miedo no existiera. Dejó a Lucerito protegida detrás de la cama, contestó fuego y obligó a dos hombres a cubrirse. Los perros aullaban. La madera saltaba en astillas. Uno de los rancheros que acompañaban a Tomás recibió un balazo en el brazo y empezó a gritar que aquello no valía la pena.

Tomás, enloquecido, vociferaba que la maldición no acabaría mientras la niña siguiera viva.

Entonces Mateo tomó una botella de petróleo para lámparas, la vació frente a la puerta y sacó un tizón encendido del fogón.

—¡Si cruzan esta puerta, les prendo fuego a todos y me voy con ustedes! —rugió.

Se hizo un silencio brutal.

Los hombres se miraron entre sí. Una cosa era asustar a un vaquero solitario; otra, morir quemados por la obsesión de un loco. Uno de los pistoleros soltó una maldición, dio media vuelta y se largó. Luego otro. Después los rancheros, cargando al herido.

Tomás se quedó solo con sus perros y su odio.

Mateo bajó apenas el arma.

—Todavía puedes irte, Tomás. Todavía puedes dejar de cavar tu propia tumba.

Por primera vez, el hombre no parecía furioso. Parecía roto.

—Perdí a mi hermana, perdí a mi hermano, perdí el rancho… —dijo con la voz hecha pedazos—. Necesitaba que alguien tuviera la culpa.

—Y elegiste al ser más indefenso de todos.

Tomás tragó saliva. Miró la cabaña. Miró la nieve. Miró sus manos.

Luego se fue.

La ley llegó en febrero, cuando el deshielo apenas comenzaba a insinuarse. No fue un juez, sino el alguacil Julián Ortega, un hombre mayor, cansado y honrado, montado en una mula y con el rostro curtido por todos los caminos del norte.

Escuchó a Mateo, revisó las marcas de bala en la cabaña y vio a Lucerito dormida en un cajón forrado con cobijas limpias y muñequitos tallados a mano.

—La tienes mejor que muchos niños con padre y madre —admitió.

—No sé mucho de criar bebés —dijo Mateo—, pero sí sé que no pienso entregarla para que la maten.

Julián asintió.

—Tomás está en el pueblo, borracho y diciendo que la niña trae la muerte. Nadie sensato le cree ya. Voy a presentar mi informe al juez de Chihuahua. Si tú quieres, recomendaré que la tutela provisional quede contigo.

Mateo tardó un segundo en entender lo que eso significaba.

—¿Y si quiero quedármela? De verdad.