Arrojaron a un bebé al arroyo helado. Un vaquero se dio la vuelta y echó a correr cuando oyó el grito: “¡Mamá!”.
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El arroyo rugía debajo de una costra de hielo negro, como si la montaña entera estuviera partiéndose en dos. El viento de la Sierra Tarahumara golpeaba los pinos con una furia seca, y Mateo Cruz, vaquero de pocas palabras y demasiados inviernos encima, habría seguido de largo si no hubiera escuchado algo imposible entre aquel estruendo.
—Mamá…