Le frotó la espalda, los brazos, las piernas diminutas. Durante unos segundos no pasó nada. Luego, de pronto, el cuerpecito se estremeció. La niña tosió, soltó agua y abrió unos ojos enormes, grises como cielo de tormenta. Después vino el llanto.
Y Mateo, que había visto morir caballos, hombres y cosechas enteras, pensó que nunca había oído un sonido más hermoso.
La envolvió en una cobija seca y la sostuvo cerca del fuego hasta que ambos dejaron de tiritar. Cuando la pequeña se quedó dormida, con la mano aferrada a su camisa, él la miró largo rato. Tenía las mejillas redondas, el cabello negro rizado en las puntas y una boca demasiado pequeña para todo lo que acababa de sobrevivir.
Alguien la había dejado ahí para morir.
No había otra explicación.
La cabaña de Mateo estaba aislada en la sierra, a varias horas del poblado más cercano. Ningún bebé llegaba solo hasta ese arroyo en pleno diciembre. Alguien la había cargado, la había llevado hasta el hielo y la había soltado al río como si no fuera nada.
—Necesitas un nombre —murmuró él.
La llamó Lucerito, por la única estrella que a veces se alcanzaba a ver cuando las tormentas se abrían sobre la sierra.
La nevada cayó con toda su fuerza al anochecer. Durante horas el viento azotó las ventanas y levantó montículos blancos contra la puerta. Mateo no durmió. Preparó leche evaporada, la calentó con cuidado y consiguió que Lucerito bebiera en sorbitos desesperados. Después improvisó una camita con un cajón de madera, sus cobijas más suaves y una piel de borrego cerca del fuego.
Se quedó vigilando con el rifle en las rodillas.
Porque una cosa estaba clara: quien hubiera intentado matar a esa niña podía volver.
A la mañana siguiente, el mundo amaneció enterrado bajo una capa nueva de nieve. Mateo estaba decidiendo si arriesgarse a bajar al pueblo con la bebé cuando escuchó cascos en la vereda.
Tomó el rifle al instante y se colocó detrás de la puerta.
Un jinete se detuvo a unos metros de la cabaña. Era un hombre alto, de barba mal cortada y ojos hundidos. No desmontó. Solo se quedó mirando la casa como si pudiera ver a través de los troncos.
—Mateo Cruz —gritó—. Sé que la tienes ahí. Devuélveme a la niña.
Mateo abrió la puerta apenas lo suficiente para apuntarle.
—Casi se me muere congelada. Si es tuya, tienes una manera curiosa de quererla.
La mandíbula del hombre tembló.
—Se llama Inés. Es sangre de mi sangre. Soy su tío, Tomás Villaseñor. Vine por lo que me pertenece.
—Los niños no pertenecen a nadie.
Tomás escupió a la nieve.
—Esa criatura está maldita. Mi hermana murió al parirla. Mi hermano se mató en el aserradero dos semanas después. Desde que nació no ha habido más que ruina y sangre. Hice lo que tenía que hacer.
Los ojos de Mateo se endurecieron.
—No hiciste justicia. Intentaste matar a un bebé.
Desde dentro se oyó el llanto de Lucerito. El sonido atravesó el aire como un cuchillo. Algo se quebró un instante en el rostro de Tomás, pero enseguida volvió la dureza.
—Me la das o vuelvo con hombres.
Mateo alzó un poco más el rifle.
—Entonces vuelve con quien quieras. Pero si subes otra vez a esta montaña por esa niña, no vas a bajar.
Tomás se quedó inmóvil unos segundos. Luego giró el caballo y se marchó entre los pinos.
Mateo cerró la puerta con tranca, tomó a la bebé en brazos y la apretó contra el pecho.
—Ya no estás sola, Lucerito. Te lo juro.
Pasaron tres semanas. Mateo aprendió a hacer avena suave, a cambiar pañales con trapos hervidos, a dormir apenas por ratos y a reconocer cada sonido distinto en el llanto de la niña. Aprendió también algo que le asustó más que los hombres armados o el invierno: la idea de perderla.
Lucerito empezó a reír.
Y con esa risa, la casa dejó de ser un refugio de hombre solo para convertirse en otra cosa.
Pero Tomás volvió.
No solo. Regresó con cuatro hombres y perros de rastreo. Se plantaron frente a la cabaña como un pequeño ejército de cobardes. Tomás gritó que tenía derecho legal, que la niña era de su familia. Mateo le respondió desde dentro que la familia había renunciado a cualquier derecho la noche en que la lanzó al hielo.