Arrojaron a un bebé al arroyo helado. Un vaquero se dio la vuelta y echó a correr cuando oyó el grito: “¡Mamá!”.

Era una voz mínima. Frágil. Casi un suspiro.

Mateo se detuvo con una mano en el rifle colgado al hombro. Escuchó otra vez. No era el viento. No era un animal herido. Era una niña.

Corrió hacia el arroyo Black Creek, un brazo de agua helada que atravesaba la ladera cerca de su cabaña, y entonces la vio: un bultito de mantas oscuras arrastrado por la corriente junto a la orilla congelada. Una bebé. Apenas una criatura. Medio cuerpo hundido en el agua, los dedos moviéndose desesperados, mientras el río la jalaba hacia unos rápidos que se rompían más abajo contra las piedras.

No pensó. Los hombres que pensaban demasiado en mitad del peligro terminaban cavando su propia tumba.

Soltó el rifle, se quitó el abrigo y se metió sobre el hielo con pasos cortos. La superficie crujió bajo su peso. Un sonido seco, como huesos quejándose. La niña resbaló un poco más. Mateo cayó de rodillas para repartir el peso, avanzó arrastrándose y estiró el brazo.

—Aguanta, chiquita… aguanta…

Sus dedos rozaron la tela mojada. El hielo tronó. Una telaraña de grietas se abrió bajo él. Mateo se lanzó el último tramo, alcanzó a sujetarla del cuerpo y, en el mismo segundo, el hielo cedió.

El agua lo golpeó como una navaja clavándose por todo el cuerpo. El frío no parecía frío: era puro dolor. La corriente intentó arrancarle a la niña de los brazos y empujarlo hacia los rápidos. Mateo enterró el codo en un borde firme, apretó a la criatura contra el pecho y pateó con toda la fuerza que le quedaba. Sintió una piedra bajo la bota, luego barro, luego nieve. Se arrastró fuera del agua con la respiración destrozada.

La bebé no lloraba.

Eso le dio más miedo que la muerte misma.

Mateo le quitó las mantas empapadas con manos torpes, la metió bajo su camisa de lana, contra su piel, y echó a correr cuesta arriba hacia la cabaña. Cuatrocientos metros se volvieron una eternidad. Cuando por fin entró, se dejó caer junto al fogón de piedra, echó leña con dedos entumidos y acercó a la niña al calor.

—Respira… por favor… respira…