Al hijo del multimillonario solo le quedan dos días de vida, hasta que una limpiadora descubre un secreto que lo cambia todo.

El hombre levantó la mano para llamar más seguridad, pero una voz lo frenó.

—Déjenla pasar.

Era Bruno.

Camila le entregó el folder. Él leyó una vez. Luego otra. El color se le fue del rostro.

—Tú sabías —dijo, mirando a Lorena.

Por primera vez, la mujer perdió el control perfecto del gesto.

—La reparación estaba programada. El evento de inauguración era importante para inversionistas. Se hizo una evaluación de riesgo.

—¿Evaluaste arriesgar la vida de mi hijo por una fiesta?

La voz de Bruno ya no era la de un empresario. Era la de un padre al borde del abismo.

Camila intervino, más firme ahora.

—La alberca techada comparte ventilación parcial con el ala donde duerme Matías. Si el calentador se encendía de noche, el gas se acumulaba. Por eso empeoraba al anochecer. Por eso mejoraba un poco durante el día.

La doctora Prieto reapareció casi corriendo.

—Resultado positivo. Carboxihemoglobina en 32%. Es intoxicación severa. Necesita oxígeno al cien por ciento y cámara hiperbárica de inmediato.

Todo estalló.

Alarmas. Enfermeros. Camila se movió por puro instinto.

—Máscara con reservorio, quince litros por minuto —dijo—. Ya. No pierdan un segundo.

La doctora Prieto la obedeció sin discutir.

En ese momento el monitor cambió. El ritmo del corazón de Matías empezó a volverse loco. Un médico pidió el desfibrilador.

—¡No! —gritó Camila—. Primero oxígeno real. Se está quedando sin oxígeno en las células. El monitor miente.

Fue un segundo decisivo.

La doctora Prieto la miró, entendió y cambió la orden.