Le pusieron oxígeno de alto flujo. El color de Matías mejoró apenas un poco. Lo suficiente para darles una oportunidad.
—A la cámara. Ya.
Bruno subió a la ambulancia con su hijo. Antes de que cerraran las puertas, miró a Camila.
—Ven con nosotros.
—No hace falta…
—Sí hace. Fuiste la primera en ver lo que nosotros no.
Ella subió.
Durante el trayecto, con la sirena abriendo la ciudad en dos, Bruno sostuvo la mano de su hijo y dijo sin dejar de mirar al frente:
—Te miré los zapatos antes que los ojos. Escuché tu puesto antes que tus palabras. Casi dejo morir a mi hijo por creer que la verdad solo viene de gente importante.
Camila se limpió las lágrimas.
—Solo deje que vea el amanecer.
En la cámara hiperbárica, Matías pasó horas suspendido entre el peligro y el regreso. Afuera, Bruno y Camila esperaron en silencio. Allí él supo de Daniel, del calentador defectuoso, del día en que una muchacha de trece años supo lo correcto y nadie la escuchó.
—No vuelvas a decir “solo soy intendente” —le dijo él—. Hoy salvaste una vida que todos nosotros, con nuestros títulos, dinero y orgullo, estábamos a punto de perder.
En tres días, Matías despertó completamente lúcido. El azul de sus labios desapareció. El dolor de cabeza se fue. El corazón volvió a encontrar ritmo.
Cuando vio a Camila sentado junto a la cama, sonrió débilmente.
—¿Me perdí el amanecer?
Ella soltó una risa entre lágrimas.