Entonces llegó Rosario Mejía, la dueña de la fonda donde Camila rentaba un cuarto y la mujer que, en otra vida, había sido técnica de laboratorio antes de dejarlo todo para cuidar a su madre enferma. Venía jadeando, con un folder bajo el brazo.
—Me llamaron de mantenimiento —dijo—. Un amigo me hizo un favor.
Camila abrió el folder.
Había una bitácora interna del complejo Alcázar. Un reporte de cuarenta y ocho horas atrás: Alerta. Obstrucción en salida de gases del calentador de la alberca techada. Riesgo alto de monóxido. Revisión pendiente. Abajo, una firma: L. Cárdenas.
Lorena.
Lo sabía.
Y no hizo nada.
Javier vio la cara de Camila y entendió sin que ella hablara.
—Vamos.
Caminaron por el pasillo con el folder apretado entre sus manos. Un administrador intentó detenerlos.
—Señorita, ya le dijimos que—
—Trae evidencia —cortó Javier—. Y yo la voy a acompañar.