Al hijo del multimillonario solo le quedan dos días de vida, hasta que una limpiadora descubre un secreto que lo cambia todo.

—Hazles caso, papá.

Bruno miró a la doctora Prieto.

—¿Es posible?

La médica dudó un segundo.

—Sí. Lo que dice sobre la oximetría es correcto. Podemos hacer el estudio ya.

Lorena intervino, tensa.

—Bruno, no podemos alterar protocolos por una desconocida que se metió aquí diciendo teorías.

Camila se volvió hacia él con los ojos llenos de miedo, pero también de verdad.

—Si me equivoco, pierden una hora. Si yo tengo razón y no hacen la prueba, pierde usted a su hijo.

Bruno sintió esas palabras como un golpe limpio.

—Hagan el estudio.

Todo se movió rápido después. Sangre, órdenes, llamadas. A Camila la llevaron a una sala de espera con un guardia al lado. El mismo de la entrada. Se llamaba Javier, según su gafete.

—Hiciste bien —le dijo en voz baja.

—No sé si me van a creer.

—Ya te creyeron lo suficiente para tener miedo.

Eso la hizo temblar más que cualquier regaño.