—Está invadiendo una zona restringida —dijo Lorena de inmediato—. Seguridad, sáquenla.
Pero Matías, con esfuerzo, apretó la mano de Camila.
—Papá… ella sí sabe.
Bruno se quedó inmóvil.
—¿Sabe qué?
Camila tragó saliva. Todas las miradas cayeron sobre ella. En otra vida habría bajado la cabeza. Habría pedido perdón. Habría salido corriendo.
No esa noche.
—Su hijo tiene intoxicación por monóxido de carbono.
Lorena soltó una risa seca.
—Esto es absurdo.
—No, no lo es —dijo Camila, y por primera vez su voz no tembló—. Dolores de cabeza que empeoran al anochecer, confusión, arritmias, labios azules… y estudios “normales”. La oximetría de pulso puede salir bien aunque se esté envenenando. Necesitan medir carboxihemoglobina. Con cooximetría. Y revisar el sistema de calefacción de la alberca o la ventilación de la casa.
La doctora Prieto la observó con atención.
—El pulso marca saturación de 99%.
—Porque el monitor no distingue bien entre oxígeno y monóxido unido a la hemoglobina —respondió Camila—. Parece oxigenado, pero no lo está de verdad.
Hubo un silencio breve, eléctrico.
—¿Usted es médica? —preguntó Bruno.
—No. Soy intendente en el Hospital General. Y estudié ingeniería ambiental hasta que tuve que dejarla cuando mi hermano murió de esto mismo porque nadie me escuchó.
Matías volvió a hablar, apenas audible.