La mujer la observó un segundo. Luego miró al niño, que seguía mirando a Camila como si se aferrara a una última idea.
—Dos minutos —murmuró—. No debería, pero él no deja de preguntar por su mamá. Murió hace tres años. Tal vez… no sé.
Camila entró.
Se acercó despacio a la cama. Matías alzó la mano apenas un poco y le tocó los dedos.
—¿Quién eres? —susurró.
—Alguien que cree que vas a ver el amanecer.
Él intentó sonreír, pero solo logró cerrar los ojos con esfuerzo.
—Me duele todo… y en la noche peor.
Camila miró esos labios azulados, esa piel, esa saturación mentirosa en la pantalla. Lo supo con la certeza terrible de quien ya vio morir a alguien igual.
—Monóxido —murmuró para sí.
—¿Qué?
—Nada. Solo… aguanta. Aguanta un poquito más.
La puerta se abrió de golpe.
Bruno Alcázar apareció primero. Detrás de él, impecable en un traje gris oscuro, estaba Lorena Cárdenas, la directora operativa del grupo, una mujer fina, fría y filosa. También entró la jefa médica de guardia, la doctora Verónica Prieto.
—¿Quién es ella? —preguntó Bruno, desconcertado.