Salió antes de tiempo, tomó un camión bajo la lluvia y llegó empapada al Hospital San Gabriel. El vestíbulo brillaba con mármol, flores frescas y silencio caro. Se acercó al mostrador de recepción con el corazón latiéndole tan fuerte que casi le dolía.
—Necesito hablar con alguien del caso de Matías Alcázar —dijo, y su voz sonó más pequeña de lo que quería—. Creo que sé qué tiene.
La recepcionista la miró de arriba abajo. Su uniforme humilde, sus zapatos gastados, sus manos resecas.
—¿Es usted doctora?
—No. Trabajo en el Hospital General. Limpieza. Pero estudié ingeniería ambiental antes de dejar la carrera y…
La mujer ya había dejado de escuchar.
Camila sacó una hoja doblada, escrita con letra temblorosa.
—Por favor. Solo entréguele esto a un médico. Que revisen carboxihemoglobina. Y la ventilación o el sistema del calentador de la alberca. Puede ser monóxido de carbono. Le pasó a mi hermano. Los síntomas son iguales.
La recepcionista tomó la hoja con dos dedos y le sonrió con amabilidad vacía.
—Claro. Veré qué puedo hacer.
Camila la vio caminar tres pasos… y tirar el papel a la basura.
Sintió una punzada de rabia tan limpia que por un segundo le quitó el miedo.
Poco después apareció seguridad. Un guardia alto, moreno, de mirada cansada pero no cruel.
—Señorita, tiene que retirarse.